Premio al Mejor Relato de la Memoria
Vestidos con sus atuendos ceremoniales, los sacerdotes examinaron visualmente al grupo recién llegado de veintitantos indígenas de la estepa fueguina que fueron depositados en Puerto Harris por los mercenarios contratados por las empresas ovejeras. Estaban furiosos los criminales, preferían asesinarlos y que de sus cuerpos se ocupen los animales carroñeros. Eran las nuevas órdenes de los patrones y la paga era la misma. Los misericordiosos religiosos de la Misión también estaban enojados porque no sabían usarlos para trabajos útiles y consideraban descabellado que sus superiores les ordenen salvar sus almas, que según ellos, ni tenían.
Julio Contreras Muñoz, 66 años, Punta Arenas.
Ilustración: Alejandro Délano @cruo_diseño

